Como todos los veinte de enero y dedicado a San Sebastián, se celebraba en La Cañada la Fiesta de la Vaquilla, o de la Vaca, como figura en algún escrito. Nos vamos a trasladar a lo que era nuestro pueblo el 20 de enero de 1931, en los últimos meses del reinado de Alfonso XIII. La temperatura rondaría los cuatro grados centígrados.
Éramos un pueblo pequeño, con menos de doscientas casas, pero dotado de muchos servicios.
Al frente del Ayuntamiento estaba el alcalde D. Isidoro Lorente Villar. El edificio donde se situaba el Ayuntamiento era un espacio multiusos de lo más aprovechado, pues contenía Archivo, Secretaría, Juzgado Municipal, escuela municipal dividida en dos estancias de unos sesenta metros cuadrados para niños y otros tantos para niñas, con habitaciones particulares para los profesores, etc.
En el Juzgado podíamos encontrar al Juez Municipal, D. Tomás Serrano López, al secretario Máximo Sánchez Serrano y a un alguacil, que entregaba las citaciones y anunciaba cualquier evento en el pueblo.
Teníamos como médico a D. Faustino Brunete Serrano y como farmacéutico a D. Manuel Llorente Navarro. Contábamos con dos veterinarios, uno de ellos D. Victoriano González Martínez Campos, y un matadero municipal por donde pasaban alrededor de mil ovejas y un número indeterminado de cabras y cerdos todos los años. Había también dos molinos harineros; dos barberías, trabajando en una de ellas como peluquero Leandro Serrano Quevedo; un párroco, D. Santiago Granizo González, del que ya hablamos en anteriores publicaciones; dos panaderías, una de ellas la de Justo Serrano Serrano; dos carniceros, uno de ellos D. Gregorio Grañizo González; zapatero, herrero, estanco y lo que más llama la atención, nada más y nada menos que siete taberneros y dos hosteleros.
No es fácil hacerse una idea de estos espacios ni su ubicación. Algunos se refieren a los bares como el café de Flores Sánchez, visitado por los más pudientes del pueblo, la taberna de Mariano García o el café de Luis Patier, donde acudían mayoritariamente jornaleros. En algunas publicaciones, se situaba en las afueras la venta de San Antón que, ya en manos privadas, se utilizaba como casa de labor, dehesa de ganado o almacén agrícola. Siempre tuvo la posibilidad de dar alojamiento.
La población rondaba los novecientos habitantes y al ser invierno y ser agricultores la mayoría de sus vecinos, había poco trabajo y trataban de conseguir dinero a base de trabajar en obras que tenían lugar en los alrededores del pueblo.
Existían unas diez calles, todas de tierra, menos una empedrada (como bien supondréis se trata de la actual calle Empedrada) y la carretera asfaltada de Brunete a El Escorial. Las calles se iluminaban con luz eléctrica.
La mañana estuvo tranquila. Se montó con los carros una plaza de toros donde soltaron una vaquilla y en la plaza del Ayuntamiento comenzó a sonar la música que tenían contratada. Los vecinos se repartían por los bares para dar buena cuenta de la cosecha de vino. La Cañada producía 90.000 litros de vino al año. La mayoría de los vecinos comió
en sus casas antes de reuniese de nuevo para jugar una partida de cartas o bailar en la plaza con la música de unos gaiteros.
En el café de Flores Sánchez se jugaba más al tresillo. Allí estaban el alcalde, el concejal D. Víctor Mateos Beltrán, el farmacéutico D. Manuel Llorente Navarro y un amigo. En la casa de D. Luciano Serrano este jugaba al mus junto con D. Máximo Sánchez y dos amigos. En el café de Luis Patier, le daban al mus entre otros D. Balbino Patier, D. Valeriano González y D. Manuel de La Peña, todos ellos jornaleros.
A las cinco de la tarde, que todavía era de día, circulaba un vehículo con matrícula 335 de Segovia conducido por un joven de veintidós años llamado D. Juan Serrano y vecino de Madrid. En el kilómetro 6 de la carretera, al pasar la plaza del Ayuntamiento, el vehículo dio un brusco giro y quedó volcado frente a una de las casas del pueblo.
El sainete estaba servido. Rápidamente todo el mundo acudió al lugar del accidente. El primero en llegar fue Clemente Algaba, quien ayudó al conductor a salir del coche y, ya que el accidente se produjo delante de la casa del médico, allí lo llevó.
Rápidamente se personó el sargento de la Guardia Civil, D. José Montero García junto a un número del cuerpo de la Comandancia de Brunete, que patrullaban durante la fiesta.
Al mismo tiempo bajaron del café de Flores Sánchez, el alcalde acompañado del concejal, el farmacéutico y otros.
Al instante empezaron a circular todo tipo de rumores. El primero fue que el coche circulaba a gran velocidad. Hay que tener en cuenta que en 1900 se estableció una velocidad máxima en carretera de 28 Km/h y en vías urbanas de 15 Km/h. En 1934 se cambió por la expresión “velocidad adecuada”.
A Balbino Patier le dijeron que el coche había atropellado a dos o tres personas. A Segundo Martín, llamado “el perrero”, le fueron a decir que habían atropellado a uno de sus hijos. Este cogió una piedra con la intención de tomarse la justicia por su mano y fue el sargento quien impidió que llegara hasta el conductor.
La Guardia Civil montó guardia en la puerta de la casa del médico mientras una multitud los rodeaba con insultos y con la intención de “hacer justicia”.
El alcalde, el concejal y el secretario trataron de tranquilizar la situación, invitando a los vecinos a disolverse. Para Víctor Mateos, concejal de La Cañada, los vecinos “no son de malas costumbres ni conducta… podían ser incultos como la generalidad de los pueblos, pero no malos”. Varios de ellos alegaron posteriormente, estar embriagados por el vino.
Como datos curiosos, diremos que solo el 59,8% de la población sabía leer y escribir, y la media de consumo de vino en los hombres era de dos litros diarios.
La situación no se calmaba y parecía ir a peor, el sargento tomó la decisión de pedir refuerzos al cuartel de Brunete pidiendo al vecino Federico Sánchez que fuera hasta allí. Sobre las 18:00 horas llegaron cuatro números más que, con algún que otro culatazo, terminaron por disolver a la gente.
El percance finalizó con la detención y enjuiciamiento de nueve vecinos del pueblo: “Balbino Patier Pozuelo, jornalero de 33 años, apodado “El Lolo”; Carmelo Martín Cudero, jornalero de 39 años; Segundo Martín Gallego, jornalero de 39 años; Bonifacio Hernández
Manzanero, jornalero de 21 años; Juan Álvarez San José, jornalero de 43 años y sordo; Fernando Serrano Ramírez, albañil de 55 años; Anastasio Serrano Ramírez, jornalero de 57 años; Valeriano González Panadero, jornalero y Manuel de la Peña y Peña, jornalero”
Todos ellos fueron acusados de desórdenes públicos y desobediencia y resistencia a la autoridad. El último citado fue el único juzgado y condenado después de la Guerra Civil por delitos cometidos durante la contienda, posteriormente indultado en 1944-45.
El juez solicitó penas de seis años de cárcel y fianza de 3.000 pesetas. El procesamiento duró hasta el doce de junio de 1931 cuando el juez “dejó sin efecto, con todas las consecuencias legales, declarando sus costas de oficio”. Fue una causa que se inició en monarquía y terminó en república.
La realidad de lo sucedido fue que el conductor, Juan Serrano, para evitar atropellar a un niño, posiblemente el hijo de Segundo Martín Gallego, dio un fuerte volantazo que le hizo volcar. Ni el coche ni el conductor eran desconocidos para los vecinos del pueblo. Juan era hijo del contratista de un camino vecinal que llevaba de Valdemorillo a la carretera de Villanueva del Pardillo. Y pese a que lo habían intentado, no contrató a ningún vecino del pueblo. Esa enemistad estuvo a punto de costarle muy caro al hijo del contratista.
Otro factor a tener en cuenta y que ayudó a elevar la tensión, fue el enfrentamiento por la supuesta diferencia de trato que daba la Guardia Civil entre los coches y los carros. Estos se quejaban de que no multaban a los coches pese a la gran velocidad a la que circulaban y a ellos los multaban por cualquier cosa, como olvidarse de encender una luz al circular.
¿Conocías esta anécdota? ¿Eres familia o conoces a algún familiar de sus protagonistas? Contacta con nosotros para profundizar en esta y más historias. Estamos deseando conocerte.
– Autor: José Antonio Jato. Foto de portada: (c) Manuel García

Gracias por compartir tanta información y curiosidades .
Seguro que hay familiares de los implicados que ni siquiera conocerán esta historia.
Que historia mas buena no la habia oído nunca, mi abuelo paterno jugando al mus,
Gracias por vuestra labor.
Gracias.👏👏