Entrevista a Luisa Pérez Aguilar

Hace unas semanas, Luisa Pérez Aguilar se sentó con nosotros para compartir sus recuerdos sobre toda una vida ligada a Villanueva de la Cañada. Ella misma lo resumió nada más comenzar la entrevista: contar cómo se vivía entonces daba «para una novela».

A lo largo de la conversación nos habló de su llegada al pueblo siendo apenas un bebé, de las dificultades de la posguerra, de la escuela, del hambre, del trabajo y de muchas de las costumbres y fiestas que marcaron su vida.

Os compartimos a continuación su historia.

La llegada a Villanueva

Luisa Pérez Aguilar nació el 10 de abril de 1938 en Valdemorillo, pero llegó a Villanueva de la Cañada con tan solo nueve meses. Su madre, Juana Partida Aguilar, había fallecido y su padre, Luis Pérez Criado, se encontraba en la cárcel. Fueron entonces sus tíos Mariano Criado Manzanero y Justa Aguilar Partida, que vivían en Villanueva y no tenían hijos, quienes se hicieron cargo de ella.

Luisa era la menor de seis hermanos. Sus tíos ayudaron a la familia y, durante aquellos primeros años, vivieron en las chabolas de un pueblo prácticamente destruido por la guerra. Con el tiempo, sus hermanas mayores fueron llevadas a un colegio en Madrid, mientras Luisa permaneció en Villanueva junto a uno de sus hermanos. Al hablar de sus tíos, tiene muy claro lo que hicieron por ellos y está convencida de que, de no haberlos recogido, los hermanos podrían haber acabado separados y quizá no habrían vuelto a verse.

Uno de los primeros recuerdos de su infancia está relacionado precisamente con sus padres. Durante sus primeros años llamaba «papá» y «mamá» a sus tíos, hasta que, cuando comenzó a hablar, le explicaron que ellos no eran sus padres, que su madre había muerto y que su padre estaba en la cárcel. «Me acuerdo perfectamente, fíjate», cuenta Luisa.

Una infancia entre chabolas

Villanueva todavía estaba recuperándose de la destrucción de la Guerra Civil y Luisa creció entre las obras de reconstrucción del pueblo. Conserva una curiosa historia de sus primeros años que, en realidad, conoce porque se la contaron sus hermanas. De pequeña tenía un carrito de madera y, en una ocasión, apareció jugando con una bomba de piña dentro. Sus hermanas avisaron rápidamente a su tía: «¡Tía, tía, que la niña trae una bomba!».

Las viviendas eran muy sencillas y la vida se hacía con muy pocos medios. Años después, cuando Luisa comenzó a trabajar, todavía recuerda las casas sin agua corriente ni electricidad, iluminadas primero con candiles y carburos. La falta de agua obligaba también a desplazarse a los pozos para lavar. En verano, el agua que llegaba del pantano se ensuciaba mucho y había que cargar la ropa en los burros e ir a lavar fuera del pueblo. Aquello continuó hasta que llegó el agua del venero y, más adelante, el agua corriente y las primeras lavadoras. Luisa lo resume de forma sencilla: «Yo he lavado mucho a mano, mucho, mucho».

La escuela

Luisa comenzó a ir a la escuela alrededor de los seis años. En aquel momento no había un edificio escolar como tal y las clases se daban en una casa dividida por la mitad: las niñas estaban a un lado y los niños al otro. El frío es uno de sus principales recuerdos. Para calentarse llevaban ascuas dentro de una lata atada con una cuerda y la movían junto a los pies.

Las viviendas de Regiones Devastadas se habían construido hacía poco y durante el recreo, los niños aprovechaban los ladrillos de las obras para construir sus propias casitas y jugar. El problema era que no tenían reloj y, en alguna ocasión, regresaron tarde a clase. Como castigo, se quedaron encerrados en la escuela mientras los maestros se marchaban hasta la sesión de la tarde. Luisa recuerda incluso que, cuando necesitaban ir al baño, no tenían dónde hacerlo y terminaban haciéndolo en el suelo, limpiándolo después con la mopa de la pizarra.

Fuera de la escuela tampoco había demasiadas formas de entretenimiento. Los chicos paseaban por la carretera, desde la ermita de San Isidro hasta el otro extremo del pueblo. Apenas pasaban coches y recorrían el camino una y otra vez. También iban al baile de la calle Estrella los jueves y los domingos, pero a ellos, que eran pequeños, no les dejaban entrar, así que bailaban en la calle.

«Lo esencial»

Cuando le preguntamos qué aprendían en la escuela, Luisa responde de forma muy clara: «Lo esencial». Aprendió a leer, sumar, restar y multiplicar, pero dejó pronto los estudios. Reconoce que nunca aprendió a dividir, aunque la lectura sí la ha acompañado durante toda su vida.

La necesidad de trabajar pesaba más que la escuela. La llevaban a espigar trigo, a recoger patatas y a los melonares, pero el campo no le gustaba. A pesar de ello, conserva una de sus mejores anécdotas precisamente de la escuela. Luisa, que asegura que solía estar entre las últimas de la clase, copió un día un verso escrito en la pizarra y, cuando la maestra le pidió que lo recitara, consiguió el primer puesto.

Décadas después todavía es capaz de recitar buena parte del poema de memoria. Aquel gusto por los versos no desapareció y, con los años, Luisa ha compuesto numerosas poesías y canciones y ha recibido varios premios. Cuando le preguntamos dónde conserva esos textos, su respuesta es inmediata: «En la cabeza», ¡aunque desde la asociación esperamos que se anime a pasarlos a papel en algún momento!.

El hambre y el pan

La infancia de Luisa estuvo marcada también por la escasez de la posguerra. Sus tíos cultivaban unas tierras que se repartían en el pueblo en forma de «suertes», donde sembraban trigo y cebada para ayudar a alimentar a la familia. El proceso para conseguir harina era completamente manual: machacaban el trigo con un mortero, lo acribaban y después tenían que expurgarlo para retirar las pequeñas piedras. Finalmente lo molían y, con la harina, su tía preparaba la masa del pan y la cocía en la lumbre. «Por lo menos comía pan», recuerda Luisa.

Cuando podían, sus tíos criaban también un cerdo y la matanza permitía disponer de algo más de comida durante una temporada. Cuando se terminaba, volvían las patatas revueltas o guisadas, muchas veces sin nada más. Luisa recuerda que en ocasiones se iba a la cama sin cenar porque no quería comer otra vez patatas.

También guarda el recuerdo de una amiga, Lola, que pasaba todavía más hambre. Eran muchos hermanos y no tenían ni padre ni madre. Lola pedía a Luisa que la acompañara a las casas de las familias más pudientes para pedir un trozo de pan y, cuando se lo daban, Luisa se lo entregaba a su amiga. A veces regresaban por la tarde y les decían: «Si ya habéis estado esta mañana y os hemos dado». «Es que tenemos más hambre», respondían.

Cuando su tía descubrió que Luisa iba por las casas pidiendo pan, la castigó. Ella intentó explicárselo: «Pero si no es para mí, tía, si es para la Lola, que tiene mucho hambre».

Toda una vida en casa de Emilia Serrano

Luisa se enteró de que Emilia Serrano buscaba una chica para trabajar en su casa y decidió dejar el campo. Entró a trabajar allí con trece años y permaneció vinculada a la familia hasta los 62. Luisa habla de Emilia como de su «segunda madre» y recuerda el trato que recibió con enorme cariño. «Yo allí vi el cielo abierto», explica.

No significaba que hubiera grandes lujos. Comían cocido casi todos los días y los domingos hacían paella, pero para Luisa suponía poder comer cosas que en su casa no siempre había. También crio prácticamente a la hija de la familia. Cuando Luisa llegó tenía trece años y la niña cinco; ocho años de diferencia que, con el paso del tiempo, no impidieron que terminara considerándola como otra hija.

El trabajo era duro. Fregaba los suelos de rodillas, iba a por agua y lavaba la ropa a mano. Cuando llegaban los segadores gallegos para trabajar en los campos, tenía que levantarse a las cinco de la mañana para preparar la comida que recogerían al mediodía. También iba a la panadería con un costal para cargar el pan que necesitaban los trabajadores y después pelaba patatas para preparar tortillas o guisos. Era todavía una niña y, como recuerda entre risas, a veces se quedaba dormida pelando las patatas.

Pero cuando Luisa habla de aquellos años vuelve siempre a la misma idea. Emilia Serrano y su familia se convirtieron en parte de la suya.

Mauricio y la familia

Luisa conoció a Mauricio cuando tenía 16 años. Él iba detrás de ella, pero al principio Luisa no quería saber nada porque, según cuenta, «era un picarón» y le gustaba «picar de flor en flor». Finalmente, un 14 de octubre le dijo que sí y comenzó un noviazgo en el que no faltaron los enfados y las reconciliaciones.

Una de sus mejores anécdotas de aquellos años surgió de una carta que había recibido Emilia Serrano de un segador gallego. Luisa se la pidió prestada y decidió gastarle una broma a Mauricio cambiando el nombre de la destinataria por «Luisiña». La carta hablaba de un enamorado que no comía ni dormía desde que ella se había marchado y terminaba firmada por un tal Ramón. La broma salió tan bien que Luisa tuvo que llevar a Mauricio a casa de Emilia para demostrar de dónde había salido realmente la carta.

También recuerda que Mauricio le pedía besos y ella se negaba. El primer beso llegó a los años de noviazgo, cuando Mauricio se marchó a hacer la mili. Luisa se casó con él a los 24 años y tuvieron tres hijos: Marimar, Marisa y Óscar, el benjamín. Al hablar de su familia, recuerda también con mucho cariño a sus siete nietos y resume aquellos años de una forma sencilla: «He sido muy feliz».

El cine, el organillo y las fiestas

El trabajo dejaba poco tiempo para otras aficiones, pero Luisa recuerda especialmente el cine ambulante que llegaba al pueblo. Las películas se proyectaban en el mismo local de la calle de la Estrella donde se celebraban los bailes. Cuando anunciaban una película de Carmen Sevilla o de alguno de los artistas conocidos de la época, Luisa pedía a su tía una peseta para poder entrar.

En aquel mismo lugar se bailaba al son del organillo, que tocaba precisamente el padre de Mauricio. Su futuro suegro estaba muy pendiente de la pareja y, cuando veía que Luisa no quería bailar con su hijo, enseguida sospechaba que habían discutido. A Luisa siempre le ha gustado bailar: el chotis, el pasodoble y el vals forman parte de sus recuerdos, igual que las jotas que todavía recita y canta cuando la voz se lo permite.

Las fiestas más importantes eran las del Cristo del Olvido, en septiembre. Luisa recuerda los bailes y los encierros y cuenta que incluso iba a buscar los toros cuando venían desde Valdemorillo, aunque después les tenía miedo en la plaza. Su padre le había hecho una pequeña banqueta y, cuando la plaza se cerraba con carros, Luisa se colocaba debajo de uno de ellos. Cada vez que se acercaba el toro, corría hacia su banqueta para ponerse a salvo.

También conserva el recuerdo del famoso toro que llegó a subirse a los tejados del pueblo, una historia de la que ya nos han hablado María Martín Pozuelo y Ángela Álvarez Guadarrama. En el caso de Luisa, aquel episodio ocurrió precisamente sobre el tejado de la casa en la que trabajaba. Recuerda además a varias muchachas que, por miedo a los toros, se habían marchado hacia el Pozo Fajardo para evitarlos y, al regresar, se encontraron con el animal en las eras.

San Blas, San Marcos y el Mayo

Además de las fiestas del Cristo, había otras celebraciones que marcaban el calendario del pueblo. El día de San Blas preparaban una tortilla y se marchaban al campo a comerla. Para San Marcos hacían el roscón, con su huevo, y volvían a salir en grupo. Se desplazaban en burros o en carros y Luisa recuerda que, al regresar, adornaban los carros con flores amarillas y volvían cantando.

Aquellas salidas dejaron muchas anécdotas. En una ocasión, una de las muchachas se cayó de una mula y lo primero que preguntó, preocupada, fue si se le había visto algo. Otro año, cuando fueron a recoger los roscones, descubrieron que los chicos los habían destrozado y se llevaron un buen enfado con ellos.

También recuerda la fiesta del Mayo. Los hombres levantaban el mayo cerca de donde hoy está la iglesia y colocaban naranjas y chorizos en la parte más alta, que se llevaba la persona que consiguiera alcanzarlos. Luisa reconoce que las mujeres participaban menos en aquella celebración, pero conserva perfectamente el recuerdo de verla en el pueblo.

Una casa levantada poco a poco

La vida de casada de Luisa estuvo también marcada por el trabajo. Ella continuó en casa de Emilia Serrano y Mauricio trabajaba en la construcción. Con esfuerzo fueron levantando su propia casa poco a poco, haciendo buena parte del trabajo ellos mismos y avanzando según podían.

La casa forma parte de muchos de sus recuerdos. Allí ha vivido buena parte de su vida y allí ha cuidado también sus flores. Le gustan especialmente los rosales y los pelargonios, aunque durante años fueron los geranios de las ventanas los que más llamaban la atención.

No todos los recuerdos de la vivienda son buenos. Luisa recuerda el día que se le inundó la casa y tuvo que correr a salvar su ajuar mientras los niños se resguardaban subidos a las sillas.

Luisa hoy

Luisa ha vivido prácticamente toda su vida en Villanueva de la Cañada. Llegó con nueve meses a un pueblo destruido por la guerra, creció entre chabolas y las obras de Regiones Devastadas, dejó pronto la escuela para trabajar y pasó casi cincuenta años vinculada a la familia de Emilia Serrano. De los seis hermanos que fueron, Luisa es hoy la única que queda.

Cuando habla de su vida no oculta las dificultades, pero tampoco se queda únicamente con ellas. Recuerda el hambre y el trabajo, pero también los bailes, las canciones, las bromas con Mauricio, las fiestas en el campo y la familia que formó después. Ella misma divide su vida en etapas: «la niñez, la adolescencia, la madurez y ahora la vejez».

Al comienzo de la entrevista nos avisó de que contar cómo se vivía entonces daba «para una novela». Después de escucharla hablar de sus casi ochenta y ocho años de recuerdos, entendemos perfectamente por qué.

¡Gracias, Luisa, por compartir tu historia con nosotros!

La entrevista

Puedes ver la entrevista completa en YouTube, en los siguientes vídeos:

  1. Infancia, familia y escuela
  2. Trabajo
  3. Matrimonio
  4. Diversiones y aficiones
  5. Las fiestas

2 comentarios en «Entrevista a Luisa Pérez Aguilar»

  1. Marimar Álvarez Perez

    Hola
    Soy Marimar la hija mayor de Luisa
    Quiero daros las gracias por hacer posible que mi madre vuelva a ilusionarse contando su vida, yo ya la he oído muchas veces , pero no dejo de emocionarme cada vez que la oigo,
    no es lo mismo viéndola en la tele o leyendola en artículo
    Gracias por vuestra iniciativa y por conocer un poquito más a nuestras vecinas María y Ángela , que vaya historias tambien las suyas
    Os animo a qué sigáis recogiendo testimonios de las personas de este pueblo que tanto nos han enseñado y lo siguen haciendo
    Mucho animo y a seguir con ello
    Cualquier cosa en la que yo pueda ayudar contad conmigo
    Un abrazo
    Marimar

  2. Evaly Altuve

    Ha sido un verdadero placer entrevistar a Luisa y tener el apoyo de su hija, durante la misma.
    Ha sido muy enriquecedor conocer su historia y saber más sobre la historia de Villanueva de la Cañada, un pueblo con mucha historia y con anécdotas, bastante desconocidas.
    Esta iniciativa de crear una Asociación Histórica, será un importante legado para las futuras generaciones.
    Gracias Luisa y Marina, por regalarnos este pedacito de vuestra vida
    Evaly Altuve

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *