Entrevista a Ángela Álvarez Guadarrama

Hace unas semanas, Ángela Álvarez Guadarrama nos recibió para compartir con nosotros sus recuerdos sobre la vida en Villanueva de la Cañada durante buena parte del siglo XX. A lo largo de la conversación nos habló de su infancia, de los años de la Guerra Civil, de la reconstrucción del pueblo, de la escuela, del trabajo, de las fiestas y de los profundos cambios que ha vivido nuestro municipio desde entonces.

Os compartimos a continuación su historia.

Infancia y Guerra Civil

Ángela Álvarez Guadarrama nació el 1 de octubre de 1932 en Villanueva de la Cañada. Era la tercera de cuatro hermanos, hija de Severiano Álvarez, tejero de profesión, y de Ana Guadarrama. Aunque los padres de su padre procedían de Valladolid, la familia de su madre era originaria del pueblo. Desde pequeña creció rodeada de una familia muy unida, de la que guarda un gran recuerdo.

Cuando comenzó la Guerra Civil apenas tenía cuatro años. Es uno de los primeros recuerdos que conserva de su infancia.

Cuenta que aquel día permanecieron durante horas refugiados en una cueva mientras su padre entraba y salía para ver cómo evolucionaba la situación. En un momento dado alguien gritó «¡Sálvese el que pueda!» y todo el pueblo salió corriendo por el camino de Las Fuentes en dirección a la carretera de Boadilla.

Ángela iba subida sobre los hombros de su padre y todavía recuerda el silbido de las balas mientras avanzaban entre la multitud. Desde la carretera fueron trasladados en camiones hasta una finca de la que ya no recuerda el nombre y, poco después, la familia se instaló en Navalcarnero.

Permanecieron allí durante los tres años que duró la guerra. Su padre fue encontrando trabajos con los que sacar adelante a la familia y los vecinos les acogieron con mucha generosidad, dejándoles una casa, muebles y ropa. Ángela recuerda que allí no pasaron hambre.

La vuelta a casa

Terminada la guerra, los hombres comenzaron a regresar poco a poco a Villanueva para reconstruir el pueblo. Allí donde todavía quedaban dos o tres paredes levantaban pequeñas chabolas provisionales hasta que las familias pudieran volver definitivamente.

El regreso fue mucho más difícil que la estancia en Navalcarnero. Ángela recuerda aquellos primeros años como una época de mucha necesidad. Habían vuelto prácticamente con lo puesto y costó tiempo recuperar una vida normal.

Poco a poco comenzaron a cultivarse de nuevo las vegas del río y las primeras cosechas ayudaron a aliviar la escasez. Mientras tanto, los niños recorrían los campos buscando alverjanas para comer.

Con una sonrisa recuerda una anécdota de aquellos años. Un sacerdote que acudía los sábados al pueblo para celebrar la misa del domingo las encontró una tarde comiendo alverjanas y les dijo que el señor Teodoro tenía un terreno lleno de almortas. “Anda, mira, el señor cura nos manda que vayamos a coger almortas”, recuerda que comentaban entre las niñas.

A pesar de las dificultades, Ángela guarda muy buen recuerdo de aquella época. Dice que los niños siempre encontraban la forma de divertirse y que, como todos vivían una situación parecida, compartían juegos y tiempo juntos.

Reconstruyendo el pueblo

El padre de Ángela retomó entonces el oficio de tejero junto a dos de sus hermanos. Fabricaban ladrillos y tejas a mano para reconstruir las viviendas que habían quedado destruidas durante la guerra.

Con ese trabajo fueron levantando poco a poco la nueva casa familiar. Antes de la guerra tenían otra vivienda situada a las afueras del pueblo, pero su madre prefería vivir más cerca del centro y compraron un solar entre la calle Real y la calle de la Comadre, donde construyeron una nueva casa.

Al principio era una vivienda muy sencilla. Los suelos eran de tierra y no había agua corriente, electricidad, calefacción ni cuarto de baño. Como ocurría en muchas casas del pueblo, las mejoras fueron llegando poco a poco, según las posibilidades de cada familia.

Ángela recuerda especialmente el trabajo que suponía conseguir agua. Antes de que se instalaran las fuentes públicas iban con los borriquillos hasta los Pocillos o al Pozo Fajardo para llenar los cántaros y abastecer la casa.

La llegada de la electricidad fue también un acontecimiento importante. Hasta entonces se alumbraban con pequeñas lámparas y más tarde con carburo. Cuando comenzaron a instalar la luz en las viviendas, el pueblo fue cambiando poco a poco.

Un pueblo donde todos se conocían

Cuando habla de aquellos años, Ángela vuelve una y otra vez a la misma idea: Villanueva era entonces un pueblo muy pequeño y todos sus vecinos se conocían.

Recuerda que en verano era habitual sacar las sillas a la puerta de casa para tomar el fresco mientras los niños jugaban por las calles. Las puertas permanecían abiertas aunque hubiera que salir un momento a comprar, porque nadie pensaba que pudiera entrar alguien a llevarse nada.

Habla con cariño de muchos de aquellos vecinos: el señor Luciano, el tío Teodoro, el tío Isidoro, la señora Marina, la tía Florentina o la tía Isabel, entre muchos otros. Explica también que era habitual llamar “tío” o “tía” a las personas mayores del pueblo, una costumbre muy extendida entonces.

Resume aquellos años con una frase que repite varias veces durante la entrevista: “Éramos una piña”. Según recuerda, todos se conocían, todos se hablaban y todos se ayudaban.

La escuela

Ángela aprendió a leer y a escribir en las escuelas del pueblo. Recuerda que las clases se impartieron primero en casa de la tía Tomasa y, más adelante, en las antiguas escuelas situadas donde hoy se encuentra el Ayuntamiento.

De todas sus maestras, la que recuerda con más cariño es doña Paula. Gracias a ella aprendieron numerosas labores de costura, desde remiendos hasta distintos tipos de puntadas, unos conocimientos que años después resultarían muy útiles en su vida laboral.

En cambio, reconoce entre risas que las cuentas nunca se le dieron demasiado bien y que todavía hoy, en alguna ocasión, tiene que ayudarse de los dedos para sumar.

También conserva divertidas anécdotas de aquellos años de escuela. Una de las que más gracia le hace recordar es la de un compañero que, cuando el cura le preguntaba por las cinco cosas necesarias para hacer una buena confesión, respondía siempre con una versión inventada que los niños repetían entre ellos. Por mucho que el sacerdote insistía, nunca conseguía que contestara correctamente.

La costura, un oficio para toda la vida

Cuando terminó la escuela, Ángela no tuvo que marcharse a servir fuera del pueblo, como hicieron muchas jóvenes de su generación. Su padre abrió una pequeña tienda para que sus hijas pudieran trabajar en casa.

Fue entonces cuando la costura empezó a formar parte de su vida. Una de sus hermanas le hacía los vestidos y las vecinas comenzaron a pedirle que confeccionara ropa también para sus hijas. Poco a poco fueron llegando más encargos y las tres hermanas terminaron dedicándose a la confección.

Cada una tenía su especialidad. La mayor destacaba cortando pantalones de hombre, mientras las demás cosían vestidos y otras prendas. Al principio todo el trabajo se hacía a mano, hasta que su madre consiguió comprar en Madrid una máquina de coser de segunda mano que les facilitó mucho el trabajo.

La costura siguió acompañando a Ángela después de casarse y durante muchos años fue una ayuda importante para la economía familiar.

Juan y la familia

Ángela se casó a los 26 años con Juan González Patier, también vecino de Villanueva de la Cañada.

Juan trabajó primero en las labores del campo, ayudando a un tío suyo con unas vacas. Más adelante, el padre de Ángela y varios vecinos compraron un tractor entre todos y formaron una pequeña cooperativa para trabajar las tierras. Con el paso de los años, cuando los demás fueron dejando la actividad, Juan continuó al frente del tractor y cultivó distintas fincas arrendadas, principalmente de trigo, cebada y algarrobas.

Después comenzó a trabajar también para el Ayuntamiento. Antes de empezar su jornada recogiendo la basura con el tractor, se levantaba a las cuatro de la mañana para atender las labores del campo. Según recuerda Ángela, el trabajo ocupaba prácticamente todo el día.

Ella tampoco dejó nunca de trabajar. Continuó cosiendo y, cuando hacía falta, ayudaba también en las tareas agrícolas.

El matrimonio tuvo tres hijos. Ángela recuerda con orgullo que dos de ellos cursaron estudios universitarios. El mayor estudió Ingeniería Técnica y el segundo terminó Arquitectura Técnica y, años después, obtuvo también el título de arquitecto. El tercero comenzó a trabajar muy joven en una notaría de Majadahonda, donde continúa hoy.

Que sus hijos pudieran estudiar supuso un esfuerzo importante para la familia. En aquellos años, los jóvenes de Villanueva tenían que desplazarse diariamente a Villaviciosa de Odón para cursar los estudios que no podían realizar en el pueblo. Además del coste del autobús, las familias preparaban la comida para que pudieran almorzar allí antes de regresar a casa.

Las fiestas del pueblo

Cuando habla de las fiestas, Ángela asegura sin dudarlo que antes se vivían de otra manera.

Las fiestas del Cristo, celebradas en septiembre, eran las más esperadas del año. Comenzaban con la misa y la procesión y continuaban con la música, los bailes y los festejos taurinos.

Recuerda especialmente una ocasión en la que parecía que el pueblo se iba a quedar sin toros. Fue entonces cuando el señor Isidoro decidió que aquello no podía suceder. Los mozos recorrieron las casas recogiendo dinero para ayudar al Ayuntamiento a comprarlos y, finalmente, pudo celebrarse la corrida.

Uno de los recuerdos más curiosos de aquellas fiestas tiene como protagonista a un toro que consiguió subirse al tejado de una casa. Ángela cuenta que un fotógrafo inmortalizó la escena y que aquellas imágenes tuvieron mucho éxito entre los vecinos. Ella misma conservó durante años una de aquellas fotografías.

Además de los toros, las fiestas eran días de música y baile. Recuerda que, cuando apenas circulaban coches por la carretera, el baile llegaba a celebrarse allí mismo.

Los niños esperaban con ilusión la llegada del heladero. Según cuenta entre risas, muchos se colocaban de nuevo al final de la cola después de terminar el primero para intentar conseguir un segundo helado.

También recuerda la celebración de San Isidro, con su misa, su procesión y el baile posterior. Su marido perteneció durante muchos años a la Hermandad de San Isidro y participaba activamente en la fiesta.

La vida religiosa

La religión estaba muy presente en la vida cotidiana del pueblo.

Los domingos comenzaban con la misa y, por la tarde, los jóvenes acudían a rezar el rosario antes de ir al baile. Ángela recuerda que todas las parejas de novios asistían juntas al rosario de las cinco de la tarde y después se reunían en el baile del tío Braulio, acompañado por un organillo.

Antes de que se construyera la actual iglesia, las celebraciones religiosas tenían lugar en la ermita, uno de los primeros edificios que pudo recuperarse tras la guerra. Allí hizo también su Primera Comunión.

Durante la entrevista recuerda igualmente otras costumbres religiosas hoy desaparecidas o muy transformadas. Habla de las Hermandades, de las Hijas de María y de las celebraciones de Semana Santa, que formaban parte de la vida del pueblo igual que las fiestas patronales.

Cómo ha cambiado Villanueva

Después de más de noventa años viviendo en Villanueva de la Cañada, Ángela ha sido testigo de una transformación completa del municipio.

Ha visto cómo las calles de tierra daban paso al asfalto, cómo llegaban el agua corriente y la electricidad a las viviendas y cómo un pequeño pueblo agrícola se convertía en el municipio actual.

Sin embargo, cuando le preguntan qué es lo que más ha cambiado, no habla de las casas ni de las calles.

Lo primero que menciona son las personas.

Recuerda que antes todos los vecinos se conocían y que era habitual dejar la puerta abierta al salir de casa sin preocuparse de nada. Hoy echa de menos aquella confianza.

Cuenta incluso que hace unos años sufrió el robo de una cadena con un crucifijo que había pertenecido a su marido. Una mujer se acercó a abrazarla y, sin que apenas pudiera darse cuenta, consiguió quitársela del cuello. Aquel recuerdo le sirve para explicar cuánto ha cambiado la forma de relacionarse entre las personas.

A pesar de ello, sigue disfrutando de la vida en el pueblo y participa en las actividades del Centro Cultural El Molino, donde mantiene el contacto con muchos amigos y vecinos.

Ángela hoy

A lo largo de la entrevista, Ángela habla de la guerra, de la reconstrucción del pueblo, de la escuela, del trabajo, de las fiestas y de la vida cotidiana en una Villanueva muy distinta de la actual.

Sus recuerdos permiten conocer cómo vivieron muchas familias los años de la posguerra y cómo, poco a poco, fueron levantando de nuevo sus casas y recuperando la normalidad.

Pero, sobre todo, dejan el testimonio de una forma de vivir basada en la ayuda entre vecinos y en un fuerte sentimiento de comunidad que ella resume con una frase que repite en varias ocasiones durante la conversación: «Éramos una piña».

Desde la Asociación Histórica Aulencia queremos agradecer a Ángela la amabilidad con la que nos recibió y la generosidad con la que compartió sus recuerdos. Gracias a testimonios como el suyo podemos conservar una parte importante de la memoria de Villanueva de la Cañada para las generaciones futuras.

La entrevista

Puedes ver la entrevista completa en nuestro canal de YouTube, dividida en los siguientes capítulos:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *