Así se vivía en Villanueva de la Cañada en 1646

Capítulo 2 de una serie sobre la vida en Villanueva de la Cañada en el siglo XVII

En el artículo anterior nos deteníamos en el momento en que María Martín Casado dejaba ordenada su muerte: más de mil misas encargadas, una herencia cuidadosamente diseñada y una casa que debía seguir habitada después de ella. Aquella casa no era un simple bien que repartir, sino algo que debía mantenerse funcionando.

La pregunta es inevitable: ¿cómo era ese espacio que María quiso conservar intacto?

Una casa pensada para algo más que vivir

Las casas de Villanueva en los siglos XVII y XVIII no estaban pensadas únicamente para vivir. Eran, ante todo, espacios en los que se desarrollaba la vida completa de una familia, y eso incluía también el trabajo. No existía una separación clara entre lo doméstico y lo productivo, porque ambas cosas ocurrían en el mismo lugar.

Por eso, la organización de la vivienda respondía a esa doble función. La parte residencial ocupaba el edificio principal: los aposentos y la cocina, donde se concentraba buena parte de la vida diaria. A su alrededor se disponían otros espacios que ampliaban las posibilidades de la casa. El pajar permitía almacenar la paja, y el herrén (esa pequeña parcela cercada junto a la vivienda) servía tanto para cultivar como para tener animales.

Cuando la casa disponía de más recursos, a este conjunto se añadían otros espacios: corrales, pila, sarmentera, bodega o cueva. No eran añadidos decorativos, sino piezas necesarias para completar el funcionamiento de la casa como unidad productiva.

La casa de María

La casa de María Martín respondía precisamente a ese modelo más completo. Estaba situada en la calle del Camino de Quijorna, cerca de la plaza del ayuntamiento (la actual Plaza de la Constitución), y reunía todas esas partes. No era una casa excepcional dentro del pueblo, pero sí una de las que permitían vivir con cierta holgura.

Si analizamos el inventario que aparece en su testamento, el dormitorio es uno de los primeros espacios que se puede reconocer. Allí había una cama con dosel, con colchón de lana y jergón, además de ropa de cama suficiente. Este detalle, aparentemente menor, introduce ya una diferencia clara respecto a las viviendas más humildes.

Sin embargo, es en la cocina donde la casa se entiende de verdad. El hogar no era solo el lugar donde se preparaba la comida, sino el centro de la actividad diaria. Allí se encontraban la mesa grande, el banco, los arcones y la tinaja de harina, junto a un conjunto amplio de utensilios: cazuelas, sartenes, calderos, candiles, jarras o escudillas.

Más allá de la enumeración, lo importante es lo que esos objetos permiten hacer. La presencia de una artesa, de la pala del horno, de cribas y cedazos indica que el proceso de elaborar el pan, parte importante de la alimentación, se realizaba dentro de la propia casa. La cocina funcionaba, al mismo tiempo, como espacio de trabajo y como lugar de convivencia.

El exterior funcional

Esa misma lógica se extendía al exterior. La casa no terminaba con el edificio principal, sino que continuaba en los espacios anexos y en las herramientas que hacían posible su funcionamiento.

El inventario de María recoge arados, trillos, azadones, horcas y una carreta, elementos que remiten directamente al trabajo del campo. No se trata de una actividad ocasional, sino de una parte esencial de la vida diaria. Junto a ellos aparecen otros objetos, como el torno para torcer hilo o la lagareta para prensar uvas, que amplían ese campo de actividad.

A todo esto se suman las tinajas, la bodega y la cueva, espacios destinados al almacenamiento. En un entorno en el que la producción dependía de ciclos agrícolas, conservar lo producido era tan importante como producirlo. La casa, en ese sentido, no solo generaba recursos, sino que los mantenía disponibles a lo largo del tiempo.

Un modelo que apenas cambió

Visto en conjunto, la casa de María Martín no era una excepción, sino un ejemplo bastante representativo de cómo se organizaba la vida en el pueblo. La vivienda, el trabajo y la economía cotidiana formaban parte de un mismo sistema.

Y lo más interesante es que ese sistema apenas cambió durante siglos. A comienzos del siglo XX, Villanueva seguía teniendo casas muy parecidas. En 1917, de las 185 viviendas del pueblo, solo tres o cuatro tenían dos plantas. El resto eran de una sola altura, con una distribución muy similar a la que hemos visto.

Los materiales también se mantenían: adobe recubierto de cal o yeso, vigas de madera y cubiertas de teja. No se trataba de una falta de evolución, sino de la continuidad de un modelo que seguía siendo útil.

Por eso, para entender realmente Villanueva en el siglo XVII no basta con mirar cómo eran las casas, sino para qué servían. En el siguiente capítulo veremos precisamente eso: cómo cada una de estas viviendas funcionaba como una pieza dentro de la economía del pueblo.

Referencias

  • Testamento de María Martín. AHPM, tomo 30.841, f.245-250 (AHA-PR-00040)
  • Testamento de María Martín, continuación. AHPM, tomo 30.841, f.251-275 (AHA-PR-00041)
  • Cuenta de María Martín y Catalina Martín. AHPM, tomo 30.841, f.276-293 (AHA-PR-00042)
  • Catastro de Ensenada. Bienes Eclesiásticos. “España, Catastro de Ensenada, 1749-1756,” images, FamilySearch, Madrid > Villanueva de la Cañada > Bienes de eclesiásticos > image 1 of 63; Archivo Historico Nacional, Madrid (provincial archives, Madrid) (AHA-PR-01103)

– Autor: Charlotte Kennedy Domínguez

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